1

Cuando llegué a San José me enamoré, con una maleta llena de sueños decidí crear mi historia y empezar a vivir. Era algo diferente, desde pequeña me dijeron que...
sanjose

Cuando llegué a San José me enamoré, con una maleta llena de sueños decidí crear mi historia y empezar a vivir.

Era algo diferente, desde pequeña me dijeron que San José era un lugar para crecer, para convertirme en alguien diferente, para comerse al mundo. La universidad, los bares, la gente, las calles, todo era nuevo. Abrir los ojos era un despertar al instante. Desde perderme en plena Avenida Central, subirme al bus equivocado, sonreírle a un desconocido, cuidarme de que no asaltaran, todo era diferente. El día terminaba después de una larga faena de ¨”no sé qué hacer,” “¿será que puedo hacer esto?,” o un “¿y si me meto en problemas?” Ese sueño que empezó tambaleando ya no era una fantasía. Entre retórica y realidad la vida me sonreía. La felicidad se mezclaba con miedo y las decisiones se volvían mi desayuno. La mejor parte, y sigue siéndolo, son los errores. Por más que me taladren los recuerdos, aprendí y aprendo. Tal vez enamorarse fue un error y comprarme esos zapatos una muy mala decisión. Pero feliz sonrío cada segundo que puedo, yo construyo mi futuro, conseguí llegar hasta aquí y espero quedarme por mucho tiempo.

Me encanta ir a mi casa, porque me hace desear volver a San José, a caerme y levantarme, a encontrarme en la mirada de un extraño y saber que esa sonrisa tiene mi nombre. Estoy aquí y respiro, una mezcla de aire contaminado con esperanza, un grito en Calle 10, una cerveza en La Cali, un Padre Nuestro en la Catedral, una ecuación en la UCR, un beso en la Plaza de la Cultura. Eso que hace que la mayoría odie San José es lo que me hizo enamorarme. Si uno decide caminar y no sólo ver pero también sentir, San José es distinto. De vez en cuando ponerle pausa a la vida y sentarse en una orilla, ahí por donde hay unos señores tocando marimba, por donde está “el robot,” o por donde hay alguien predicando, es sentir los latidos de San José.

Aprendí a que esta ciudad tiene más secretos que personas. Me enamoré de la incertidumbre, de la pareja que camina de la mano, de los abuelitos que van a recoger su pensión, del chancero que quiere dejarme sin tímpanos, de esa señora que lleva las bolsas del supermercado y estorba más de la cuenta, de salir corriendo porque el bus no espera a nadie. San José me ha enseñado que por más pequeño el bolsillo, siempre hay espacio para soñar y vivir. Siempre hay alguien, un ángel guardián diría mi mamá, esa muchacha que me presta plata cuando no tengo para subirme al bus, ese señor canoso que me sonríe y me bendice a su manera, ese muchacho que vende paletas de sandía a las 11 de la noche y me acompaña a esperar el bus, sin malicia, sólo para cuidarme. La gente se cansa de San José, pero la ciudad no se cansa de ellos. No cuesta nada juntar la basura, ayudar a una viejita a subirse al bus, comprarle un chunche a algún vendedor callejero, detenerse y observar. Alguien me enseñó hace varios años a detenerme por el Mercado Central cuando el sol se está escondiendo, a esa hora, San José se vuelve hasta romántica. Cinco minutos o media hora, da igual, es hacer un espacio en la rutina y sentir.

A la gente se le olvida que hay museos, parques y galerías. Nada cuesta levantarse y aprender en esos lugares. Pequeñita cuando vivía largo, mi mamá nos traía a mí y a mi hermano a hacer un “tour de museos.” A lo mejor esa misma inocencia es la que me mueve a amar esas visitas. Lo efímero de la actividad está en hacer algo distinto y en San José las posibilidades abundan.

A veces no estoy segura si mi decisión de quedarme aquí es la indicada, si Chepe es el lugar correcto. Aún el miedo se interpone de vez en cuando, aún no estoy segura si yo me estoy comiendo a San José o la ciudad me come a mí, pero cada día es un viaje, y por más que ande sin sombrilla y esté lloviendo en la Avenida Central, nada cuesta sonreír.

María Gabriel Zúñiga S.

Facebook: https://www.facebook.com/rotmaga

Categorias
Al Chile

Relacionados